-¡Elliot!, ¿Dónde has estado? – gritó la señora Burrows a su hija que estaba sentada en el sofá mientras su padre se tomaba un sándwich y veía el partido de fútbol.
Su padre, Henrie Burrows, era un hombre cuarentón muy perezoso. Era calvo y siempre vestía con unos pantalones vaqueros caídos y una camiseta blanca de tirantes de la que sobresalía una gran barriga con vello. Se dedicaba a ver la tele y beber cerveza, ya que estaba en el paro y no le apetecía mucho buscarse un nuevo trabajo. Elliot siempre se preguntaba qué le había visto su madre, tan limpia y ordenada, aun tipo tan sucio. Aunque en el fondo adoraba a su padre, tenía ratos en los que se levantaba del sofá y pasaba un tiempo hablando o jugando con su hija, además, él no estaba siempre regañándola y mandándole deberes de historia.
La madre de Sarah acababa de llamar y la señora Burrows había sido muy comprensiva mientras hablaba con ella por teléfono pero en cuanto colgó había empezado regañar a su hija. A su madre le importaba mucho su reputación y no quería que toda la gente supiese que era una señora estricta e irritante por lo que siempre parecía muy amable cuando hablaba con los demás.
- Mamá, ya te he dicho que había empezado a llover y que nos refugiamos en una cueva – contestó Elliot sosteniendo la dura mirada de su madre
- ¡Pero lo que deberíais haber hecho es venir a casa inmediatamente! – estalló la señora Burrows -, ¡habéis llegado a las doce de la noche!
- Ya lo sé, Pete vino a buscarnos.
- ¡Pues ahora estás castigado!, ¡no puedes salir hasta el sábado!
- Pero si estamos a miércoles, y es verano – dijo Elliot algo asustada
- ¡Me da igual!, piensa antes de hacer las cosas.
Elliot se fue enfurruñada a su habitación subiendo las escaleras. La verdad es que su cuarto no le gustaba mucho, tenía la pared pintada de lila y las estanterías estaban llenas de diccionarios, calculadoras, globos terráqueos, enciclopedias y libros de historia. Cuando cambiaron su cuarto ella estaba fuera, en un viaje escolar, y su madre se había ocupado de la decoración. Al regresar del viaje casi le da un patatús y estuvo sin hablar con sus padres toda una semana, al fin y al cabo le habían tirado todos sus viejos peluches.
Ella se tumbó en la cama y se abrazó a lo único que le gustaba de toda su habitación, una almohada redondeada de color verde y una cara feliz sacando la lengua. Se la había regalado Pete para su último cumpleaños y le había dicho –así al menos hay una cosa que te gusta en tu aburrida habitación-. Cada vez que la veía siempre le recordaba a Pete, siempre tan bromista, y no se arrepintió de haberle ayudado a escapar de las garras de su madre.
Mientras tanto, Pete iba caminando por las calles de Rocksville. Ya era tarde pero su tío Joey, con quien vivía, estaba dormido y no sabía que él había salido. Vivía con él porque sus padres se habían mudado a la ciudad pero él no quería dejar atrás a sus amigos por lo que había decidido quedarse con su tío. Estaba muy bien con él ya que le parecía un tío legal pero a veces añoraba a sus padres, se veían de muy vez en cuando.
Se acercó al parque y se sentó en uno de los viejos columpios que chirriaban. Recordó cuando eran pequeños y pasaban el día allí y no pudo reprimir una sonrisa. No tenía ganas de dormir ya que se sentía culpable de haber dejado sola a Elliot con si madre, que como muy bien sabía él era demasiado estricta, pero tampoco le apetecía quedarse fuera mucho rato porque hacía mucho frío y su tío seguro que se daba cuenta de que no estaba en casa.
Se acercó al parque y se sentó en uno de los viejos columpios que chirriaban. Recordó cuando eran pequeños y pasaban el día allí y no pudo reprimir una sonrisa. No tenía ganas de dormir ya que se sentía culpable de haber dejado sola a Elliot con si madre, que como muy bien sabía él era demasiado estricta, pero tampoco le apetecía quedarse fuera mucho rato porque hacía mucho frío y su tío seguro que se daba cuenta de que no estaba en casa.
De repente escuchó un ruido, como un golpe, y vio que el balancín se movía por lo que se levantó de un sobresalto. Se fijó mejor en el balancín y vio a un chico de más o menos su edad que estaba tirado en el suelo con una mano en la cabeza. Se habría caído del balancín aunque Pete pensó que había que ser muy torpe para eso.
El chico llevaba el pelo algo largo, revuelto y de color gris oscuro que le hacía parecer mayor de lo que era. Tenía los ojos azules intensos y la tez muy clara, vestía con unos vaqueros negros y una sudadera gris con una gran capucha y el logo de Metallica de color blanco. Parecía algo raro y Pete estaba seguro de que no era del pueblo ya que no lo había visto antes y él se sabía de memoria a todos los que residían en él.
- Hola – saludó el chico que aún seguía en el suelo tendiendo una mano -, ¿me ayudas a levantarme?
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