Decidieron, tras discutir diez minutos, que lo mejor sería acompañar a Sarah primero.
Tomaron la Calle Mayor y giraron a la derecha en la plaza. Sarah vivía a la derecha de la plaza, Elliot a la izquierda y Pete al final de la Calle Mayor. La plaza tenía una fuente de estas típicas de los cuentos, de piedra blanca, manchada con el tiempo y dos ángeles; que llevaba estropeada desde antes de que naciera Pete.
En unos cinco minutos llegaron a casa de Sarah. Llamaron a la puerta y esperaron pacientes a que les abriese la madre de Sarah, Claris: una mujer de pelo castaño claro, pero con los mismos ojos que su hija. Al ver a Sarah dormida en la espalda de Pete, se río por lo bajo y les dijo:
-Hola, chicos. Veo que se ha vuelto a dormir. Pasad. Anda, Pete, hazme el favor de dejarle en el sofá.
Entraron a la casa de Sarah, decorada con muebles rústicos; a Pete y a Elliot les encantaba.
Pete entró al salón y sonrió mientras dejaba a Sarah cuidadosamente en el sofá azul:
-Señora Mitchell. ¿Algún día Sarah duerme menos de sus nueve horas?
Claris sonrió y le respondió:
-Pues... los viernes aguanta hasta las ocho horas y los sábados también. Y tú, Elliot, ¿qué tal? No has dicho nada.
Elliot miró a Claris y sonrió. Sabía que no merecía la pena mentirle, así que subió los hombros resentida y le dijo:
-Nada especial. Es que mis padres me van a castigar por llegar tan tarde sin avisar...
-Tú tranquila Elliot -dijo la señora Mitchell-. Yo me encargo de hablar con tus padres. Ahora vuelve a casa, que Pete a lo mejor te acompaña.
-Claro, como no -dijo Pete mientras se apartaba el flequillo de la cara.
-Hasta pronto, señora Mitchell -dijo Elliot.
-Chao, volved cuando queráis.
-¡Adiós! -dijo Pete-. Vamos Elli, a casita.
Elliot sonrió y se metió las manos en los bolsillos delanteros del pantalón, cosa que hizo reír a Pete:
-Ja, ja, ja. Pareces Sarah. Ja, ja, ja.
Elliot lo miró con su cara de ''este está loco'' habitual, y luego echó a reír pero paró enseguida porque ya habían llegado a su casa. Habían tardado diez minutos en llegar.
La casa de Elliot estaba remodelada porque tiempo atrás hubo un derrumbamiento. Por suerte para todos, la familia Burrows estaba de vacaciones en ese momento.
Se acercaron, abrieron la verja de acero inoxidable y llamaron a la puerta de entrada negra. Elliot pensó ''Que no esté. Por favor, que no esté.'' Pero sus deseos no se hicieron realidad porque su madre abrió la puerta. Pete dio un paso hacía atrás.
-Niños, ¿qué estáis haciendo a estas horas en la calle?
Pete fue a responder pero se quedó intimidado ante la mirada de hielo de Elisabeth Burrows.
Elisabeth Burrows era una estricta profesora de historia que iba siempre vestida igual. Tenía diez modelitos iguales: falda negra y estrecha que llegaba hasta las rodillas, camisa blanca y chaqueta gris perla; que complementaba con las medias color carne y los zapatos negros de tacón. Era muy recta y ni siquiera los alumnos más liantes y atrevidos se atrevían a contradecirle.
Elliot respondió a su madre, aguantando su fría mirada sin dificultades:
-Mamá, la madre de Sarah nos dijo que te llamaría para explicarte que...
-¡Ah, cierto! Claris llamó hace nada -dijo cambiando su tono de voz a uno muy suave-. Pete, cielo, ¿quieres pasar?
Él miró a su amiga de reojo, que asintió para darle ánimos:
-Claro, si no molesto...
-Oye Pete -dijo repentinamente Elliot-. ¿No tenías que ir a cenar pronto por que iban unos amigos a tu casa?
-¡Ostras! Gracias por recordármelo. Lo siento, señora Burrows. Otro día será. Hasta luego. Adiós, Elliot.
Pete se fue corriendo, mientras agradecía a Elliot que le hubiese librado de pasar un mal rato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Cuéntanos que opinas de nuestro blog!!!!
:P L&Y